Qué estudiamos. La música que escuchamos. Dónde trabajamos. Los amigos que tenemos. La ropa que vestimos. La familia que nos toca. Nuestras películas favoritas. Las fotos de la pared (o del cajón). El libro que llevamos en la mochila. El corte de pelo. Las páginas porno que consultamos. Twitter, Facebook o Tuenti. Los novios y las novias. La telenovela a la que nos enganchamos de manera inconfesable. Los pósters de nuestro cuarto. La suscripción a la revista de National Geographic. El plato que comeríamos hasta reventar. Y así hasta que os canséis. ¿Define eso lo que somos?
Es evidente que somos muchísimo más que todo eso. Pero no es menos cierto que también somos todo eso. No podemos eludirlo aunque queramos. Sea de manera voluntaria o no, nos adjetiva sin remisión. Sería negar parte de nuestra existencia, como ignorar la presencia física de nuestro brazo derecho.
Sin embargo, no quisiera dejarme llevar por la inercia y caer en la manida expresión orteguiana. Porque hoy por hoy la ecuanimidad sólo es una preciosa palabra en el diccionario de la RAE y las relaciones sociales parecen cada vez más ejercicios de taxonomía. Y por mucho que nos empeñemos, en esa ecuación el “yo” nunca aparece.
Porque no somos maniquíes cubiertos con post-it de la cabeza a los pies, a la espera de que un iluminado seleccione unos cuantos (ya sea con cierto esmero o por la depurada fórmula “a escoger y revolver”), nos asigne una categoría por afinidad y nos siente en un casillero para no movernos más.
Sí, soy licenciado en Historia del Arte. Soy fan de Pink Floyd. Soy el mayor de dos hermanos. Soy hipermétrope y astigmático. Soy Hatman. Soy Fefe. Soy Fernando. Soy yo. Y no se lo que seré. No puedo ser tú. Pero me gustaría ser contigo.

